Castell d'Encús
Castell d'Encús nace de una intuición de Raül Bobet. Durante los años ochenta y noventa, viajando por viñedos de medio mundo, este técnico de formación científica empezó a observar cómo un fenómeno entonces incipiente y poco conocido, el cambio climático, estaba alterando la viña y el vino. Convencido de que la respuesta estaba en la altitud, recorrió el Pirineo en busca del lugar adecuado hasta que, en 2001, el paisaje y la historia de la sierra de Encús, en el término de Talarn (Pallars Jussà, Lleida), le dieron el enclave que buscaba.
La finca conserva los restos de un asentamiento medieval del siglo X, disputado entre los dos condados de Pallars. En el siglo XII el territorio pasó a los monjes de la Orden Hospitalaria de San Juan de Jerusalén, que supieron ver su potencial vitícola y se convirtieron en los primeros viticultores de la Conca de Tremp. Fueron ellos quienes excavaron a mano nueve lagares en la roca caliza. La orden mantuvo estas tierras durante siete siglos, hasta las desamortizaciones del siglo XIX. Hoy seis de aquellos lagares medievales siguen fermentando vino, con levaduras salvajes y al aire libre, uniendo patrimonio histórico y enología contemporánea.
La propiedad suma unas 120 hectáreas, de las que 29 están plantadas de viña en tres enclaves del Pallars. La finca principal, de 93 hectáreas, se extiende entre 800 y 950 metros de altitud, rodeada de bosque, sobre suelos franco-calcáreos de origen marino y pobres en materia orgánica. A ella se suman los viñedos de Santa Engràcia, a 1.000 metros, entre Talarn y Salàs de Pallars, y los de Astell, en la Vall Fosca, a 1.230 metros y sobre pizarra pirenaica, donde el riesling y el pinot noir se cultivan en pequeñas producciones experimentales.
En esas cotas conviven variedades escogidas para el clima de montaña: riesling, albariño, sauvignon blanc, semillón, chardonnay y chenin blanc entre las blancas, y pinot noir, syrah, cabernet sauvignon, cabernet franc, merlot, petit verdot y garnacha tinta entre las tintas. La viticultura es ecológica y de mínima intervención, sin herbicidas ni insecticidas, con rendimientos bajos, vendimia manual en cajas de 10 kilos y uva procedente exclusivamente de la propia finca. La bodega ha creado además una microrreserva natural para proteger la biodiversidad del entorno.
El resultado es una gama de vinos frescos, finos, esbeltos y complejos, concebida como un homenaje a la tierra pirenaica: el riesling Ekam y su versión off-dry Ekam Essència, el sauvignon blanc Taleia, el pinot noir Acusp, el syrah Thalarn y el ensamblaje de variedades bordelesas Quest, junto a elaboraciones como el rosado Jhana, el espumoso ancestral Taïka o el dulce Majjan. Son vinos honestos, de producciones cortas, que expresan el paisaje de alta montaña del que proceden.