Estamos asistiendo a un fenómeno preocupante para el sector del vino: el consumo per cápita de un país productor como el nuestro se desploma hasta niveles escandalosamente bajos. Hace apenas unas décadas, resultaba impensable sentarse a una mesa sin vino. Y es que el vino formaba parte de lo cotidiano en nuestros hogares. Estaba presente en el ámbito de la familia en nuestras casas, en el campo durante los almuerzos tras una jornada agotadora, en los menús de diario de los restaurantes, en las reuniones de amigos y, en general, en cualquier encuentro alrededor de una comida. Incluso Burger King, en sus inicios en España en 1975, incluía un vino en su menú para adaptarse a nuestras costumbres.
Pues esas costumbres parecen haber cambiado radicalmente en los últimos años. Hace ya tiempo que la cerveza le ganó la batalla al vino de copeo fácil en los bares, los jóvenes parecen cada vez más alejados de la cultura del vino y prefieren combinados o refrescos, y la corriente de vida saludable que, de alguna manera, “demoniza” la ingesta de alcohol por mínima que sea, tampoco ayuda. En resumen, cada vez se consume menos vino, y ese dato llevado a cifras resulta demoledor.
Quizás hayamos hecho algunas cosas mal en el sector, por qué no decirlo. No es solo una cuestión de cambio en los hábitos o las costumbres de la sociedad, sino también de conexión. El vino se ha vuelto, en cierto modo, inaccesible, serio, incluso aburrido para el consumidor medio. Mientras seguimos hablando de elaboraciones singulares, notas de cata, retrogustos y envejecimientos centenarios, el resto de los mortales busca formas de socializar que no requieran de un manual de enología. Posiblemente, la reflexión que debemos hacer desde el sector consista en preguntarnos en qué hemos fallado a la hora de acercar el vino a la mayoría social de manera natural, y cómo hemos acabado convirtiéndolo en un privilegio que parece estar reservado a unos pocos entendidos. Hablamos en un idioma extraño, que puede sonar incluso arrogante para muchos, y al mismo tiempo nos sorprende que los receptores del mensaje no comulguen con lo que queremos transmitir. Con todo ese envoltorio que hemos creado en torno al vino, hemos conseguido que muchos consumidores se sientan intimidados antes incluso de pedir una copa en un restaurante. Y este es, en mi opinión, el gran error sobre el que debemos hacer autocrítica y tratar de corregir. Tenemos que devolver el vino a lo cotidiano, solo así podremos aspirar a revertir esa caída estrepitosa del consumo.
Pero tampoco quisiera pecar de pesimista con este primer análisis de la situación, así que os diré que no todo lo acontecido en los últimos tiempos es negativo, ni mucho menos. Y aquí viene lo interesante de este artículo. Paradójicamente, a pesar de la cruda realidad que dibuja la curva del consumo y de la tarea que tenemos por delante para volver a conectar con la gente, el sector no deja de crecer. Y no me refiero a crecimiento en números, lo cual sería difícil de sostener con la evidente caída del consumo, sino a crecimiento en riqueza, en calidad y en exigencia del consumidor.
El nivel de los productores es cada vez más alto, surgiendo constantemente nuevos proyectos y nuevas zonas productoras o variedades de uva antes olvidadas que son puestas en valor. El número de vinotecas especializadas y winebars también se ha incrementado exponencialmente, consiguiendo que las cartas de vinos hayan evolucionado de forma muy gratificante. La aparición de los e-commerce ha supuesto una auténtica revolución, haciendo posible llenar una cesta con vinos de diferentes zonas del mundo y tenerla en casa en 24h, y además siguen creciendo tanto en número como en referencias. Sin olvidar tampoco a los divulgadores de contenido en redes o winefluencers, una figura emergente que está ayudando a conectar con la gente mediante una forma de comunicación mucho más directa y sencilla.
Consecuencia de todo lo anterior es un consumidor que sale ganando, y que a su vez se ha vuelto mucho más exigente. No nos vale ya una carta de vinos pobre con sus dos vinos básicos de copeo y las famosas 4Rs – Rioja, Ribera, Rueda y Rías Baixas-, y cada vez más elegimos los sitios a los que vamos por cómo se bebe además de por la propuesta gastronómica. Al elegir un vino, sea en un restaurante, una vinoteca o en una compra online, esperamos que tenga algo que transmitirnos o algo nuevo que ofrecer. Esto antes no ocurría, y revela una evolución muy interesante en el nivel del consumidor de vinos, que ahora se interesa por conocer, saber más y beber bien.
La dicotomía entre la caída del consumo y el crecimiento del sector me lleva a concluir que, a pesar de las nuevas tendencias de la sociedad y los errores cometidos que han contribuido a excluir al vino de lo cotidiano, cada vez lo hacemos mejor y bebemos mejor, aunque seamos menos. Pero esta situación no será sostenible en el tiempo si no trabajamos en mejorar la base de consumidores. Corremos el riesgo de que todo nuestro trabajo caiga en saco roto si el consumo sigue cayendo. Y la solución no puede pasar solo por la exportación, porque tarde o temprano no tendremos relevo generacional si no cultivamos la cultura del vino aquí, donde realmente se produce. Por tanto, necesitamos despertar de nuevo el interés por el mundo de la viticultura en nuestra gente, y hacerlo desde lo cotidiano.
Como tarea pendiente, tanto para profesionales del sector como para consumidores, plantearé la de tender puentes y defender que disfrutar del vino es sencillo, divertido, enriquecedor y patrimonio de todos. Olvidémonos de notas de cata, puntuaciones, elaboraciones complejas y grandes marcas, y centrémonos en normalizar el consumo moderado del día a día. Para ello os propongo tres vinos fáciles que nos pueden acompañar en cualquier comida, leyendo un libro o viendo una película sin necesidad de pensar mucho: Clos Lojen, una bobal del maestro Ponce; Ultreia Saint Jacques, una Mencía del mago del vino Raúl Pérez; y El Muelle de Olaso, un blanco de albariza del revolucionario Willy Pérez. Esta sería mi humilde aportación para el consumidor que decida dejarse influir por este artículo de opinión.
En definitiva, esta evolución tanto en calidad del sector como en exigencia del consumidor, es algo muy positivo que nos obliga a seguir mejorando, y que deja margen a la esperanza. Pero el vino necesita una revolución en la forma de comunicar, que respete la viticultura pero hable un idioma accesible, que emocione, que divierta y que siembre en el consumidor la semilla del interés por seguir descubriendo. La parte de hacer buenos vinos ya la tenemos hecha, solo nos queda ampliar la base de buenos bebedores. Y, por suerte, estamos en buenas manos.