Del marketing a winelover.

Hace unos años, para una persona menor de 30 años, hablar de vinos y todo lo que les rodea, era poco menos que una temeridad. Era un coto reservado a las personas más próximas a la jubilación que a la época universitaria.

Por suerte, los tiempos cambian, y cada vez somos más quienes nos incorporamos a este apasionante mundo que antaño parecía inaccesible para los recién llegados. En mi caso, completamente neófito cuando recibí la llamada de mi mentor, Juan Antonio Collado, no habría apostado ni un euro por mi futuro en el vino. Podría concluirse entonces que fui un absoluto temerario cuando allá por el año 2015 decidí lanzarme a un sector del que nada sabía.

Todo tiene su proceso y, debido a mi formación en marketing, traté de volcar ese conocimiento en el vino, buscando un punto de conexión que hiciese aflorar en mí el interés por este mundo que, a priori, me era muy ajeno. Y lo encontré en la forma de contarlo. Pronto me di cuenta de cómo con una simple etiqueta o conociendo la historia que hay detrás de cada botella que sale de una bodega, se despertaba en mí, poco a poco, el gusanillo de querer saber más y más sobre el vino.

Hoy, el vino ha derribado muchas barreras también en ese sentido. Ya no basta con hacer un buen trabajo en el viñedo, con la elaboración en bodega, o incluso con su nota de cata, ahora hay que dar un paso más: saber contarlo. Hay miles de vinos en el mercado de excelsa calidad que pueden pasar desapercibidos, sin pena ni gloria, simplemente por no haber sabido contar su historia. La clave es diferenciarse al contarlo y captar la atención del consumidor. Y para ello es fundamental contar con un discurso o storytelling coherente, que sea capaz de estructurar las ideas clave del proyecto y la visión de la bodega, desde el logo o el nombre hasta la etiqueta y el resultado final que catamos. Un discurso que sitúe cada vino de la bodega en armonía con el resto de elementos. Como si fuera un puzle donde cada pieza tiene su sitio y todas deben encajar.

Fue precisamente ese ánimo de crear un proyecto vitícola desde cero, engranando todas las piezas, lo que terminó de hacerme conectar con el mundo del vino, trascendiendo de lo laboral a lo personal. Y así nació nuestro proyecto Buenagana Vinos y Viñedos Singulares, del que me siento profundamente orgulloso, con vinos como La Socarrona o El Fanfarrón, que no solo son vinos bien elaborados y con los que nos identificamos, sino que además buscan conectar con el consumidor, y tienen una historia que contar muy ligada a las raíces del proyecto.

Y esto no acaba aquí. La devoción por este mundo me ha convertido en un auténtico winelover. Ya no puedo permitirme quedarme en lo superficial de cada vino que catamos, sino que necesito profundizar en la historia de cada uno. Así he conseguido multiplicar mi conocimiento sobre la materia, explorando proyectos de todo tipo. Desde los más innovadores, que han revolucionado incluso el modelo de bodega tradicional, elaborando vinos en diferentes zonas sin una bodega propia arraigada en una ubicación concreta, pero con un discurso sólido y coherente, y una marca potente; hasta los más clásicos que se nos puedan venir a la mente, como los grandes châteaux bordeleses que pueden llevar más de un siglo sin hacer un mínimo cambio en la etiqueta, pero que precisamente ahí es donde reside su propuesta de valor y así son capaces de transmitirlo. Hay muchas estrategias posibles, siempre y cuando se consiga el objetivo fundamental, que es contar la historia que hay detrás de cada vino y conectar con el consumidor.

Para acabar, os dejaré algunos ejemplos de proyectos vitícolas que a mí personalmente me han marcado y a los que invito a nuestros enófilos más principiantes a conocer si desean experimentar si se les despierta “el gusanillo” por el vino a través del marketing. Por ejemplo, la de Alejandro Muchada, quien, siendo arquitecto de formación, descubrió su verdadera vocación al lado del vigneron de Champagne, David Leclapart; la de Pepe Mendoza con su labor de difusión y recuperación de las variedades autóctonas de su Alicante natal; o la de Juan Carlos Sancha, quien, con su gran humildad y sabiduría, nos descubre variedades riojanas que estaban extinguidas o en peligro de extinción. Todos ellos son tres claros ejemplos de cómo la historia que hay detrás de una botella, te puede enamorar hasta el punto de querer saber qué hay dentro de esa botella.

Por todo ello, os animo a mirar más allá de la copa y dejaros llevar por la curiosidad. Cada vino cuenta algo, y conocer su historia es, en el fondo, otra forma de disfrutarlo.

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